Mi primera regresión [17.2.2015, Barcelona]
Visualicé unas escaleras en lo alto de una montaña repleta de matorrales, algunos frondosos, otros desnudos. Vestía una túnica blanca, mi cabello era largo, estaba descalza y era joven. Las escaleras me llevaron a un jardín donde crecían inodoras rosas rojas. Corrí hacia mi lugar favorito, un columpio; allí me sentí como una niña. Vi correr a un pequeño conejo color canela, mas fue tan veloz que no pude adivinar su expresión. Después me dirigí a un lago, cruzado por un puente de madera. Lo atravesé y, ya en su mitad, miré al cielo y el sol me cegó; miré el lago, oscuro, y me asustó su profundidad. Aunque nunca hubiese entrado en él sola, tal vez sí lo haría acompañada. A un lado del puente vi altas montañas, de picos nevados como los Alpes, y sentí que alguien me esperaba en ellas; al otro lado se extendía un desierto vacío que no deseé visitar. Al final del puente comenzaba un camino cubierto de hojas secas, bordeado por árboles tan altos y tan juntos que no permitían apenas el paso de la luz del sol. De pronto, un enorme sauce, de corteza grisácea y hojas doradas, bloqueaba el camino. Parecía milenario, sus vastas raíces sobresalían y penetraban la tierra profundamente. Quise preguntarle algo, pero estaba avergonzada; para un árbol que semejaba tan sabio, cualquier pregunta resultaría estúpida. Finalmente, lo abracé y me atreví:
—Estoy aquí para responder todas tus preguntas.
—¿A qué tengo miedo?
—A morir.
—¿Por qué?
—Porque desconoces el significado profundo de la vida.
Y, cuando dijo que había perdido a alguien hace mucho tiempo, rompí a llorar, acalorada y nerviosa. Me costó retomar mi camino; cuando lo hice vi árboles quemados a los lados. Entre ellos, sin embargo, había uno pequeño con solo dos hojas. Instantáneamente, los árboles se deshicieron en ceniza. Más allá se alzaba una casa, similar a la de Hansel y Gretel, con dos pares de ventanas. Me costó abrir su puerta, una pesada galleta. El hall estaba completamente oscuro pero, al fondo, vi una estantería de madera maciza en un salón —acogedor como el de un hobbit—con su mesita pequeña y sofás. Me aproximé a la estantería y un libro llamó mi atención; su encuadernación era granate, el lomo estaba ornamentado con margaritas de plata y llevaba Poesía por único título. Lo abrí, pero estaba escrito en un idioma desconocido para mí. Pregunté la antigüedad del volumen y me sorprendió que fuese de antes de Cristo, porque estaba muy bien conservado.


—¿En qué idioma estás escrito?
—En chino antiguo.
—¿Por qué, entonces, llevas el título en un idioma que comprendo?
—Porque quería que me cogieses.
—¿Quién ha escrito este libro?
—Muchas mujeres.
—¿Yo estoy entre ellas?
—Tal vez, porque tú eres todas esas mujeres.
Agradecí al libro sus respuestas y vi otro en el estante más alto, grande y verde, que llevaba por título Flores. No podía alcanzarlo y eso me desesperaba. Me senté, enfadada y me crucé de brazos y piernas. Seguro que aquel volumen tenía cientos de láminas preciosas. Pregunté de qué trataba el libro y supe que, cada flor, representaba un sentimiento humano. Me alejé de la estantería y vi una puerta con vidriera que conectaba con el exterior. Tenía muchas ganas de salir de esa casa, pero antes me aproximé a la mesita y recogí una llave de latón, pequeña y con tres círculos en su cabeza. La llave me dijo que servía para abrir secretos, así que la colgué de mi cuello. En ese momento recordé que vestía una faja granate, a juego con el libro de Poesía, y que yo era prostituta.

Crucé la puerta con vidriera y contemplé, ante mí, un campo abierto sin fin. En el horizonte atisbé un torreón arcilloso, con ventanas muy estrechas. Miré el cielo y no vi el sol, mas sí un buitre. Entonces, una marabunta de guerreros sobre sus caballos galopaban en mi dirección levantando una nube de polvo. Entré en pánico, no sabía dónde resguardarme. Cerré la puerta de vidriera tras de mí pero esta se rompió en pedazos. Salí de nuevo y me oculté en la parte de atrás de la casa, en posición fetal, con los brazos cubriendo mi cabeza. El suelo tembló y los guerreros pasaron de largo. Suspiré y continué por el campo hasta que vi un círculo de hierba segada. Me senté dentro de él, como quien se dispone a meditar. Se aproximó un pajarito negro y blanco; parecía asustado, pero no de mí, si no de algo que le había pasado antes. Quise alimentarlo, así que recordé que llevaba un saco pequeño colgando de mi cintura con algún tipo de grano. Se lo eché y lo contemplé mientras comía, tumbada sobre la hierba, apoyando la cara entre mis manos. Se movía delicadamente, con gestos modosos, algo tímidos. Sus ojos eran puntos negros y brillantes; le faltaban algunas plumas en una de las alas. Deseé cuidarlo, pero tampoco quería privarlo de su libertad, así que le pregunté si querría venir conmigo. Él me respondió:

Crucé la puerta con vidriera y contemplé, ante mí, un campo abierto sin fin. En el horizonte atisbé un torreón arcilloso, con ventanas muy estrechas. Miré el cielo y no vi el sol, mas sí un buitre. Entonces, una marabunta de guerreros sobre sus caballos galopaban en mi dirección levantando una nube de polvo. Entré en pánico, no sabía dónde resguardarme. Cerré la puerta de vidriera tras de mí pero esta se rompió en pedazos. Salí de nuevo y me oculté en la parte de atrás de la casa, en posición fetal, con los brazos cubriendo mi cabeza. El suelo tembló y los guerreros pasaron de largo. Suspiré y continué por el campo hasta que vi un círculo de hierba segada. Me senté dentro de él, como quien se dispone a meditar. Se aproximó un pajarito negro y blanco; parecía asustado, pero no de mí, si no de algo que le había pasado antes. Quise alimentarlo, así que recordé que llevaba un saco pequeño colgando de mi cintura con algún tipo de grano. Se lo eché y lo contemplé mientras comía, tumbada sobre la hierba, apoyando la cara entre mis manos. Se movía delicadamente, con gestos modosos, algo tímidos. Sus ojos eran puntos negros y brillantes; le faltaban algunas plumas en una de las alas. Deseé cuidarlo, pero tampoco quería privarlo de su libertad, así que le pregunté si querría venir conmigo. Él me respondió:
—Me iré, porque aunque me duela, yo he nacido para volar.
Y me prometió que nos veríamos de nuevo. Tras esto vi una margarita; mi primer impulso fue arrancarla y comérmela. Antes de llevármela a la boca le salió rostro y me dijo, indignada, que no debía hacer eso. Le pedí disculpas, arrepentida, pues creía que la había matado; sin embargo, ella me confesó que no estaba muerta, ya que su conciencia habitaba en un lugar más allá de esa flor. Aliviada, la guardé entre mi libro de poesía. Vi también una gran llave de hierro oxidado, parecida a la de una mazmorra. Recordé el torreón que vi a lo lejos en el campo y supe que allí había prisioneros y que debía liberarlos; pero no en ese momento, estaba ya muy cansada y solo quería finalizar mi viaje. Pregunté a la luz azul que me cubrió:
—¿Qué perdí hace tiempo?
—Sangre, personas de forma horrorosa y cruel.
—¿Por qué sufro?
—Porque en el pasado fuiste frívola y no consideraste los sentimientos de los demás.
—¿Qué es lo que busco?
—Alguien que no te correspondió. Cuando lo haga, descansarás en paz.
—¿Encontraré lo que busco en esta vida?
—No
—¿Pero encontraré personas que me ayudarán?
—Sí.
Y así concluyó mi primera regresión.
—¿Qué perdí hace tiempo?
—Sangre, personas de forma horrorosa y cruel.
—¿Por qué sufro?
—Porque en el pasado fuiste frívola y no consideraste los sentimientos de los demás.
—¿Qué es lo que busco?
—Alguien que no te correspondió. Cuando lo haga, descansarás en paz.
—¿Encontraré lo que busco en esta vida?
—No
—¿Pero encontraré personas que me ayudarán?
—Sí.
Y así concluyó mi primera regresión.



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